El perro…

Captura de pantalla 2014-08-06 a la(s) 18.29.04Acabé de escribir la absurda nota y la quemé. Deseaba que las palabras ardieran y llegaran a tus oídos como por arte de magia para no tener que gritártelas una vez más y ahogar su significado en un tono de voz demasiado alto como para no pretender herirte.

No ibas a oírme de todas formas. Hacía tiempo que las canciones de amor que almacenabas en tu mp3 iban dirigidas a otra persona. Albergaba la esperanza de que alguna te hiciera pensar en mí, aunque su melodía me condenara al más profundo infierno.

Tenía la sensación de que podías traspasarme mientras caminabas, como si fuera un fantasma al que no se le permitía tener contacto con los humanos. Nuestra distancia se tradujo en kilómetros, aunque dormíamos a centímetros, y nuestras conversaciones solo eran el eco de lo que habían sido.

Acabamos siendo dos desconocidas que compartían algo: un perro que lloraba todas las noches para que saliéramos a pasear los tres juntos. Él era como un niño pequeño que no entendía por qué el amor se había esfumado como si de un cigarro en los labios de un fumador empedernido se tratase.

Absurdo… ¿No crees? El perro, el puto perro mantenía dos vidas totalmente ajenas unidas. Ese perro era como un cofre que guardaba celosamente un tesoro extinto en forma de historia de amor maltratada.

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