#Fanfic #VisAVisFinal Rizos y Saray

Saray miraba al cielo aburrida aquella tarde de primavera. Seis meses antes le habían dado la condicional a Rizos y la vida en prisión no era igual sin aquella cabeza loca de pelo rizado revoloteando por allí.

El embarazo no había llegado a buen puerto. Aquello había sido un alivio para la gitana, que solo deseaba tener hijos algún día muy lejano y en todo caso, compartidos con la mujer de sus sueños y no con ese marido que le habían impuesto y que al que no amaba.

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Esos seis meses comenzaban a ser eternos, hacían daño, la llenaban de un vacío inhóspito que amenazaba con torturarla hasta un final indeseado. No le gustaba dramatizar, quizás un poco sí, pero le molestaba pensar que en la cárcel no había sitio para historias de princesas y princesas que bailaban al son de las Azúcar Moreno. ¡Vaya fastidio!

Cuando unas horas más tarde, Saray recibió aquella llamada, la llamada de todas las semanas, su llamada favorita, supo que las cosas cambiarían. Esa vocecilla que hacía que las mariposas danzaran de manera muy cursi en algún lugar de su ser, la llamaba para pedirle un encuentro, un encuentro especial aunque no pudieran tocarse, un encuentro en el que los minutos pasarían demasiado rápido y que dejaría con ganas de mucho más, pero que no dejaba de ser un regalo en forma de esperanza.  Saray estaba enamorada y deseaba que Rizos, que era quien hablaba al otro lado del teléfono, sintiera lo mismo.

Cuatro días después, sobre las cinco de la tarde, la gitana entró en la sala de visitas con un macrofestival de nervios en el cuerpo.

Allí estaba la morenita. Se había maquillado y tenía el pelo un poco más corto. La sonrisa era la misma y era lo que más le gustaba de ella. Era una sonrisa de esas que parece que puedes morder y saborear y que nunca se acaban . Aquella sonrisa se hizo aún más grande cuando vio su cara de pasmada.

R: ¿Qué paaaaaaaaaaaaaasaaaa?¿Ya no te alegras de verme?

Saray corrió y abrazó a Rizos con todas las fuerzas que pudo sacar de un cuerpo que se negaba a responder.

Señoritas, un paso atrás. Si se saltan las normas se acabará la visita. 

S: ¿Tú, qué? Pensaba que no vendrías a verme nunca. ¿Tan bien te tratan fuera que ya no tienes tiempo para tu gitana favorita?

R: Tengo trabajo. No es el trabajo de mis sueños, pero me lo paso bien con la moto repartiendo pizzas. Una pizzería del barrio me ha dado la oportunidad y me han felicitado por mi buen trabajo. ¿Cómo te quedas? ¡Me han felicitado a mí por hacer bien un trabajo! Estoy cambiando. Cuando salgas la primera pizza que te comas te la llevaré yo. Ya verás que sexy estoy con mi uniforme de repartidora y el casco.

S: Tú siempre estás sexy. ¿Te acuerdas de aquella vez que te enrollaste con las sábanas y te dio por decir que eras una diosa griega? A mí me lo parecías, aunque debo decirte que siempre te he preferido sin ropa.

R: Ya veo que las cosas no han cambiado por aquí.

S: ¿Llevas los cordones desatados hoy? Seguro que fuera no hay nadie como yo. ¡Confiesa!

R: No, no hay nadie. Algún rollito, pero sin importancia. Estoy centrada en ser una buena ciudadana.

S: Te echo de menos.

R: Yo también te echo de menos, gitana. Cuando salgas nos vamos a ir tú y yo por ahí unos días, vamos a desaparecer, a hacer acampadas y a bañarnos desnudas en algún río.

S: Para eso aún queda mucho.

R: No importa, mírame.

Saray miro a Rizos y no pudo contener las ganas de besarla. Sé quedó a dos centímetros. Las dos contuvieron la respiración. Había algo que las unía desde el momento en que se conocieron, algo inquebrantable que no se había roto en los meses en que no habían tenido contacto físico.

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S: Te miro.

No lo digo más. Si vuelven a acercarse tendré que acabar con la visita. 

R: Tienes que ser fuerte. Tienes que soñar. Yo no te puedo prometer un amor eterno, Saray, pero sí puedo pedirte que cada día cuando te levantes pienses que algún día la vamos a liar parda tú y yo por las calles de Madrid, Barcelona o donde nos dé la gana. Seremos libres, las dos, y ese es el mejor regalo que nos puede ofrecer la vida. Y algún día, cuando seamos viejas y tú seas mucho más fea que yo, diremos que la vida nos ha sonreído.

S: ¿Juntas?

R: Sí, juntas. No me perdería por nada del mundo verte dar palmas y cantarme para conquistarme una y otra vez.

Rizos se levantó y caminó hacia la puerta, pero antes de irse se acercó y le robó a Saray un beso en la mejilla.

Hubo más visitas como aquella. Hubo muchas más…

 

 

 

 

 

 

 

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