Miradas

Una nueva cruz marcada en el calendario imaginario. La cruz número 137 desde que Ana se había cruzado por primera vez con la chica de los ojos pardos mientras corría por la avenida. Sabía que se llamaba Claudia porque una de sus compañeras había gritado su nombre para que bajara un poco el ritmo. Sabía que era el día número 137 porque justo ese día había sido su cumpleaños.

Tres días a la semana desde aquel entonces se encontraban en el mismo punto. Después de cuatro o cinco encuentros, Ana ya no podía contener una sonrisilla traviesa, pero Claudia parecía ajena a esa mirada que soñaba con un “hola”.

Y así pasaron los meses. Y aquel encuentro se convirtió en una rutina que no dejaba de poner nerviosa a Ana, pero que le alegraba las tardes, aunque fueran sombrías, aunque lloviera, aunque supiera que ninguna de las dos daría el paso para convertir esas miradas en un café frente al mar.

Y Claudia, Claudia pensaba lo mismo. Y ese café que nunca fue les alegró las tardes durante mucho tiempo hasta que un día sus miradas se tropezaron y bajaron el ritmo. Y entonces…

 

 

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