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Series de 1.000

Llevo cuatro segundos corriendo. Me parece una eternidad. Me faltan unos cuantos minutos para terminar y unos cuantos cientos de metros. Otra vez series de mil y a cada paso me pregunto qué demonios hago yo aquí. Incluso escapar resultaría un esfuerzo inaceptable. Lo único que quiero es tirarme al tartán y dejar de correr como una gacela en peligro. No lo haré. Sé que terminaré las malditas series y me sentiré invencible una vez más. Me gusta correr, pero ahora que solo han pasado cuarenta y tres segundos me parece un pasatiempo innecesario.

Recuerdo la primera vez que…¡DIOS!¡No es momento para ponerse a recordar! Me estoy asfixiando, me duelen los brazos y encima tengo ganas de llorar…Pero sigo corriendo, sigo corriendo más y más. Incluso dejo de pensar.

Solo me quedan cien metros, pero yo ya no puedo más. Comienzo a bracear como una loca. Creo que he dejado de respirar en algún momento y ya no soy una persona.

¡META! Me tiro al suelo. Me importa poco lo de la recuperación activa. A lo mejor me hago invisible y nadie me ve escabullirme, aunque para qué voy a engañarme, no puedo esconderme de mí misma. Una parte de mí me está obligando a reaccionar y a dejarme de tonterías.

Tardo veinte segundos en levantarme. Quedan dos series más. Miro el reloj. Tres minutos para volver a empezar. Vuelvo a sentirme bien.

No sé si se avecina tormenta o está lloviendo desde hace un buen rato. La pista está llena de gente, pero yo tras mis gafas me siento sola en esta ceremonia de valientes donde juego a ser soldado de una guerra que yo misma comencé unos años atrás.

Especial #SanValentín Su sonrisa

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Me gusta su sonrisa. Me gusta su sonrisa tanto que estaría todo el día intentando llamar su atención haciendo tonterías. Yo pensaba que no, lo negué mil veces, pero no voy a engañarme a mí misma ahora que nadie me está escuchando. Creo que me gusta más que levantarme un poquito tarde los domingos, que tomarme mi café por las mañanas o que meterme en la cama y esconderme bajo el edredón cuando hace frío.

Sé que es una tontería, pero me alegra el día… y eso es suficiente como para dejarme sonriendo como una tonta durante horas.

Nunca dejes de sonreír. No sabes si hay alguien por ahí dando saltos de alegría por una sonrisa de las tuyas.

Especial #SanValentín Naranjas…

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Le había roto el corazón en mil pedazos. Raquel aún recordaba el día en que sus sueños se habían hecho añicos entre palabras que nunca habría querido escuchar, esas palabras que surgieron de su boca, de aquella boca que había sido suya tantas noches que ya no recordaba cómo era la vida antes de besarla.

Martina cogió aire y confesó lo inevitable, lo que ya no podía ocultarle a aquellos ojos por más tiempo, a aquellos ojos traicionados que ya ciegos no podían ver más que a través del dolor de la impotencia de un amor que estaba a punto de perderse en en el recuerdo.

Algo murió aquella tarde, pero no murió ese amor perdido que muchas veces volvió de repente, de manera inesperada, en forma de perfume por la calle o de caricias anónimas en las noches solitarias.

Y Raquel lo ignoró, lo ignoró por completo. Rechazó los recuerdos, las historias a medias, los anhelos y huyo lejos pensando que tal vez algún día otra Martina aparecería y ocuparía el lugar de la antigua. Lo creyó o quiso creerlo hasta que una noche de insomnio se dio cuenta de que ni siquiera aquella traición había conseguido ennegrecer la naranja que compartían…

Especial #SanValentín “Sin hacer nada”

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Me gusta estar contigo sin hacer nada. Me gusta mirarte y que me cuentes qué has hecho durante el día. Me gusta tu cara de indignación cuando un cliente te ha amargado el día o cuando vienes con cara de contenta cuando te felicitan por tu trabajo.

Me gusta que sepas tanto. Me gusta sentirme idiota cuando me explicas cualquier cosa que a ti te parece sencilla y a mí me cuesta entender. Me encanta ser cada día mejor gracias a ti y poder presumir delante de todo el mundo de lo mucho que sé sobre deporte cuando lo único que hago es recitar lo que tú me has enseñado. Pero eso nadie lo sabe. Lo sé solo yo y me encanta ser un poquito como tú porque además de quererte te admiro y te respeto.

Me encanta que me corrijas y te rías como una loca cuando hago un ejercicio mal. Amo que ames mi torpeza y que nunca pierdas la paciencia aunque tenga días tontos en los que me comporte como una niña y no sea la deportista que tú esperas que sea.

Me gusta que pienses que soy la mejor,  aunque ambas sepamos que la realidad es bien distinta, pero yo sé que tú lo piensas y por eso cada mañana tiras de mi mano para acompañarme en mi cardio mañanero. Te juro que a veces no quiero, pero sé que te levantas dos horas antes para pasar conmigo ese ratito antes de irte a trabajar. Hoy sé que esa es tu forma de decirme “te quiero” porque tú no eres de palabras sino de gestos, esos gestos que te hacen especial, tan especial… demasiado especial como para dejarte escapar.

 

“Quítame la ropa, mujer”

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Quítame la ropa, mujer, que aunque no lo sepas, me he puesto nerviosa al sentir que te acercabas y temo que mis manos se atropellen y parezcan confusas en la vorágine de tu cuerpo.

Quítamela como quieras, pero hazlo, hazlo antes de que estas ganas de ti me consuman y me hieran. Es intenso este deseo de morderte, estas ganas de sentir calor aún en los días más fríos en los que pegada a tu cuerpo, las horas me parezcan minutos que se marchitan como rosas bajo un sol intenso e inesperado.
Arráncame la ropa con amor, aunque sea un amor que muera cuando se haga de día y dejes mi cama vacía y ya mi desnudez haya perdido el atractivo que la noche y unas cuantas copas de vino convierten en lujuria.

Miradas

Una nueva cruz marcada en el calendario imaginario. La cruz número 137 desde que Ana se había cruzado por primera vez con la chica de los ojos pardos mientras corría por la avenida. Sabía que se llamaba Claudia porque una de sus compañeras había gritado su nombre para que bajara un poco el ritmo. Sabía que era el día número 137 porque justo ese día había sido su cumpleaños.

Tres días a la semana desde aquel entonces se encontraban en el mismo punto. Después de cuatro o cinco encuentros, Ana ya no podía contener una sonrisilla traviesa, pero Claudia parecía ajena a esa mirada que soñaba con un “hola”.

Y así pasaron los meses. Y aquel encuentro se convirtió en una rutina que no dejaba de poner nerviosa a Ana, pero que le alegraba las tardes, aunque fueran sombrías, aunque lloviera, aunque supiera que ninguna de las dos daría el paso para convertir esas miradas en un café frente al mar.

Y Claudia, Claudia pensaba lo mismo. Y ese café que nunca fue les alegró las tardes durante mucho tiempo hasta que un día sus miradas se tropezaron y bajaron el ritmo. Y entonces…

 

 

#Fanfic #VisAVisFinal Rizos y Saray

Saray miraba al cielo aburrida aquella tarde de primavera. Seis meses antes le habían dado la condicional a Rizos y la vida en prisión no era igual sin aquella cabeza loca de pelo rizado revoloteando por allí.

El embarazo no había llegado a buen puerto. Aquello había sido un alivio para la gitana, que solo deseaba tener hijos algún día muy lejano y en todo caso, compartidos con la mujer de sus sueños y no con ese marido que le habían impuesto y que al que no amaba.

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Esos seis meses comenzaban a ser eternos, hacían daño, la llenaban de un vacío inhóspito que amenazaba con torturarla hasta un final indeseado. No le gustaba dramatizar, quizás un poco sí, pero le molestaba pensar que en la cárcel no había sitio para historias de princesas y princesas que bailaban al son de las Azúcar Moreno. ¡Vaya fastidio!

Cuando unas horas más tarde, Saray recibió aquella llamada, la llamada de todas las semanas, su llamada favorita, supo que las cosas cambiarían. Esa vocecilla que hacía que las mariposas danzaran de manera muy cursi en algún lugar de su ser, la llamaba para pedirle un encuentro, un encuentro especial aunque no pudieran tocarse, un encuentro en el que los minutos pasarían demasiado rápido y que dejaría con ganas de mucho más, pero que no dejaba de ser un regalo en forma de esperanza.  Saray estaba enamorada y deseaba que Rizos, que era quien hablaba al otro lado del teléfono, sintiera lo mismo.

Cuatro días después, sobre las cinco de la tarde, la gitana entró en la sala de visitas con un macrofestival de nervios en el cuerpo.

Allí estaba la morenita. Se había maquillado y tenía el pelo un poco más corto. La sonrisa era la misma y era lo que más le gustaba de ella. Era una sonrisa de esas que parece que puedes morder y saborear y que nunca se acaban . Aquella sonrisa se hizo aún más grande cuando vio su cara de pasmada.

R: ¿Qué paaaaaaaaaaaaaasaaaa?¿Ya no te alegras de verme?

Saray corrió y abrazó a Rizos con todas las fuerzas que pudo sacar de un cuerpo que se negaba a responder.

Señoritas, un paso atrás. Si se saltan las normas se acabará la visita. 

S: ¿Tú, qué? Pensaba que no vendrías a verme nunca. ¿Tan bien te tratan fuera que ya no tienes tiempo para tu gitana favorita?

R: Tengo trabajo. No es el trabajo de mis sueños, pero me lo paso bien con la moto repartiendo pizzas. Una pizzería del barrio me ha dado la oportunidad y me han felicitado por mi buen trabajo. ¿Cómo te quedas? ¡Me han felicitado a mí por hacer bien un trabajo! Estoy cambiando. Cuando salgas la primera pizza que te comas te la llevaré yo. Ya verás que sexy estoy con mi uniforme de repartidora y el casco.

S: Tú siempre estás sexy. ¿Te acuerdas de aquella vez que te enrollaste con las sábanas y te dio por decir que eras una diosa griega? A mí me lo parecías, aunque debo decirte que siempre te he preferido sin ropa.

R: Ya veo que las cosas no han cambiado por aquí.

S: ¿Llevas los cordones desatados hoy? Seguro que fuera no hay nadie como yo. ¡Confiesa!

R: No, no hay nadie. Algún rollito, pero sin importancia. Estoy centrada en ser una buena ciudadana.

S: Te echo de menos.

R: Yo también te echo de menos, gitana. Cuando salgas nos vamos a ir tú y yo por ahí unos días, vamos a desaparecer, a hacer acampadas y a bañarnos desnudas en algún río.

S: Para eso aún queda mucho.

R: No importa, mírame.

Saray miro a Rizos y no pudo contener las ganas de besarla. Sé quedó a dos centímetros. Las dos contuvieron la respiración. Había algo que las unía desde el momento en que se conocieron, algo inquebrantable que no se había roto en los meses en que no habían tenido contacto físico.

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S: Te miro.

No lo digo más. Si vuelven a acercarse tendré que acabar con la visita. 

R: Tienes que ser fuerte. Tienes que soñar. Yo no te puedo prometer un amor eterno, Saray, pero sí puedo pedirte que cada día cuando te levantes pienses que algún día la vamos a liar parda tú y yo por las calles de Madrid, Barcelona o donde nos dé la gana. Seremos libres, las dos, y ese es el mejor regalo que nos puede ofrecer la vida. Y algún día, cuando seamos viejas y tú seas mucho más fea que yo, diremos que la vida nos ha sonreído.

S: ¿Juntas?

R: Sí, juntas. No me perdería por nada del mundo verte dar palmas y cantarme para conquistarme una y otra vez.

Rizos se levantó y caminó hacia la puerta, pero antes de irse se acercó y le robó a Saray un beso en la mejilla.

Hubo más visitas como aquella. Hubo muchas más…

 

 

 

 

 

 

 

#Relato “Se fue”

Se fue. Se fue sin decir nada, sin decir adiós. Se fue porque se lo pedí a gritos después de suplicarle que me quisiera como yo quería que lo hiciera. Absurdos fueron esos gritos desesperados que clamaban amor pero que sonaban a odio, a desesperanza y también al desamor propio de quien quiere demasiado y no es correspondido.

Ella se fue y me dejó barriendo trocitos de corazón que desordenaron mis pensamientos durante algún tiempo. Aún hoy me tropiezo con algún pedazo superviviente, pero ya no lo miro de igual forma. Ella se fue y me dejó para siempre y yo nunca quise ir a buscarla. No quise porque los libros me enseñaron que el amor no se suplica, no se mendiga, no se exprime como una naranja aunque yo deseaba que ella fuera mi media.

Sigo pensando en ella. Cada día con menos fuerza. Se borraron sus caricias en mi piel, se borraron sus labios, su perfume,  sus manos en mis manos, sus manos en mi pecho, se borraron los recuerdos que nos hacían sonreír, se borro todo menos el vacío que dejó. El vacío que nubla mis ideas cuando me siento sola y la busco en mi cama. Vacío su lado de la cama, vacía la maleta del viaje que íbamos a hacer juntas, vacíos mis planes, vacías mis palabras que ya no expresan nada… vacío, solo queda un vacío que por las noches susurra su nombre.

#Familiashomoparentales ¡FELIZ DÍA DE LA MADRE!

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El día en que Amanda dijo “mamá”, Clara y Sofía se pasaron todo el día llorando. Cualquiera habría dicho que les habían dado una mala noticia, pero no. Aquellas dos locas lloraban de la alegría tal y como habían llorado el día en que conocieron a su pequeña, la pequeña de los ricitos y la sonrisa eterna, la niña risueña y feliz que no lo había sido tanto antes de ser el centro de las vidas de aquellas dos mujeres.

Todxs sabíamos que Clara y Sofía iban a ser las mejores mamás del mundo. Nunca se rindieron a pesar de los obstáculos y las miles de negativas. Ellas no solo luchaban por ellas mismas, ellas luchaban por todxs nosotrxs. Y no solo por nuestro derecho a formar una familia, sino por la oportunidad de hacer a muchxs niñxs felices… Porque de eso se trata esto: de niñxs, de niñxs que solo quieren ser amadxs sin importar el tipo de familia.

¡Feliz Día de la Madre!

Nota 1: Sombras

¿No tenéis una libreta donde guardáis las cosas que escribís? Hoy me he dado cuenta de que tengo una gran cantidad de notas guardadas en el Iphone. Algunas tienen varios años y sinceramente, leyendo algunas no recuerdo exactamente quiénes fueron mis musas. Por eso y porque me da pena borrarlas, voy a ir publicándolas en esta nueva sección de Soy del Ambiente a la que he llamado ‘Notas’. ¡Espero que os gusten!

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La gente transitaba por aquel oscuro lugar con linternas en sus ojos, con linternas en sus manos. Con nada. Con nada porque no tenían un rumbo fijo.
Me dio miedo ver a aquellos seres moverse como si yo no existiera, como si no me sintieran. Me dio miedo ser invisible.
No era la primera vez que tenía miedo. Sabía muy bien lo que sucedería después. Cerré los ojos e imaginé que venías a buscarme. Lo llevaba haciendo demasiado tiempo como para desacostumbrarme del olor de tu pelo, ese olor que me había inventado porque desconocía.
No corrí aquel día. Me quedé plantada en ese sitio esperando algo, pero ese algo nunca llegó y por eso sigo aquí, esperando en una esquina cualquiera de un barrio sombrío donde las guitarras solo suenan cuando llueve fuerte para que no se las escuche.