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Te invito a un café

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Quiero tomarme un café contigo. Puede que pienses que es poco ambicioso, pero solo quiero eso, tomarme un café contigo, que me des unos minutos y luego marcharme a casa… marcharme sola, aunque suene extraño, aunque eso no forme parte de los tratos más comunes de las mujeres con las que salimos a tomar algo por la noche, por si cuadra, esperando quizás que nos calienten las sábanas, una, dos..o unas cuantas semanas.

Yo tampoco me lo explico. ¿Por qué un café y no un té? ¿Por qué contigo y no con otra? Y yo qué sé. Pero es que aunque no lo sepas, tenemos un café pendiente desde hace algún tiempo, y yo me muero de ganas…que sí, que me muero de ganas pero estas ganas morirán conmigo porque hay historias que aunque fueran breves, no son ni podrán ser, no son parte de lo estipulado ni de lo correcto, no son realidad. Verás, no es recíproco, o eso creo. Hoy tampoco voy a averiguarlo.

Y yo te cuento historias y te hago reír en los ratos en que la imaginación me juega una mala pasada y te hace protagonista de mis pensamientos y le digo a mis amigos que algún día desafiaré el pronóstico y me atreveré a ganarle la batalla a ese café que no quiere ser.

Mientras tanto, hoy como todos los días, me lo sirvo sola y sonrío al compartirlo en mis redes, por si cuadra, por si de repente te apetece, por si me das la oportunidad de sorprenderte.

Se apagó la llama…

Ya no hay chispa. Se fue apagando. No quisimos darnos cuenta.

Ya no sonrío al pensar en ti, no me muero por verte ni te espero cada noche. No ansío tus buenos días ni me brillan los ojos cuando hablo de ti, de nosotras, de lo nuestro.

Se apagó la llama. O la apagamos. Se extinguió. Solo quedaron las cenizas de promesas incumplidas y planes imposibles que cumplirán otras manos, otros labios, otras sonrisas, un cuerpo diferente.

No añoro tu piel, aunque intento añorarla. Tu piel contra la mía, demasiado cerca como para que nuestra respiración no se acompasara, eso que ya hoy solo es un recuerdo. No lo esperábamos.

Se fueron nuestras noches. Se fueron nuestros días. Nuestras horas. Alguien le puso punto y final a nuestro cuento sin avisarnos. Partiste. Partí.

Aquel 'Te quiero' voló lejos. No quiso quedarse.

Desconocerse

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Desconocerse es como un atardecer de un día de primavera, es volver a pasar frío después de que el sol te haya hecho imaginar el verano, es volver a pegar los cachitos de ti que fuiste regalando sin pensar que algún día dejarían que el viento amenazara con perderlos.

Desconocerse es contar pasos en forma de minutos, barrer el pasado, dar media vuelta y alejarte de una meta que no es tuya, es vencer perdiendo, abandonar una guerra que no puede ser ganada.

Desconocerse es afrontar un vacío, cambiar de capítulo, quizás también de libro, de estantería o de biblioteca. También es atreverse a contar una nueva historia y añadirle todo aquello que faltaba en la anterior.

Desconocerse es aprender a no mirar hacia atrás, es reprimir las ganas de volver corriendo a donde no te esperan y asumir que para volver a comenzar tienes que cerrarle las puertas al pasado, a cal y canto, y perder las llaves, lanzarlas lejos, donde nunca puedas encontrarlas.

Desconocerse es olvidarte de caricias, de olores, de los secretos que te contaba su mirada cuando estaban solas, pero sobre todo es aprender a desatar el nudo que se te hace en la garganta cuando apagas la luz por la noche y sabes que no te abrazará en la cama.

Concurso de relatos cortos LGTB

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La asociación Ojalá organiza su primer Certamen de Relatos Cortos LGTB en colaboración con la editorial Egales y el Ayuntamiento de Marbella.

El objetivo del concurso es visibilizar al colectivo LGTB en el mundo de la cultura fomentando su producción, ayudar a crear referentes positivos y concienciar del valor de la diversidad, utilizando para ello el instrumento de la literatura.

*Podrán participar todas las personas mayores de 18 años que escriban un relato de temática LGTB, en el estilo literario que se quiera y con un máximo de tres páginas.

Lxs autorxs de los relatos ganadores recibirán como premio un lote de libros cedidos por la editorial Egales, en los dos primeros puestos, y un diploma en el tercero.

Manda tu relato

Miradas

Una nueva cruz marcada en el calendario imaginario. La cruz número 137 desde que Ana se había cruzado por primera vez con la chica de los ojos pardos mientras corría por la avenida. Sabía que se llamaba Claudia porque una de sus compañeras había gritado su nombre para que bajara un poco el ritmo. Sabía que era el día número 137 porque justo ese día había sido su cumpleaños.

Tres días a la semana desde aquel entonces se encontraban en el mismo punto. Después de cuatro o cinco encuentros, Ana ya no podía contener una sonrisilla traviesa, pero Claudia parecía ajena a esa mirada que soñaba con un “hola”.

Y así pasaron los meses. Y aquel encuentro se convirtió en una rutina que no dejaba de poner nerviosa a Ana, pero que le alegraba las tardes, aunque fueran sombrías, aunque lloviera, aunque supiera que ninguna de las dos daría el paso para convertir esas miradas en un café frente al mar.

Y Claudia, Claudia pensaba lo mismo. Y ese café que nunca fue les alegró las tardes durante mucho tiempo hasta que un día sus miradas se tropezaron y bajaron el ritmo. Y entonces…

 

 

#Relato “Se fue”

Se fue. Se fue sin decir nada, sin decir adiós. Se fue porque se lo pedí a gritos después de suplicarle que me quisiera como yo quería que lo hiciera. Absurdos fueron esos gritos desesperados que clamaban amor pero que sonaban a odio, a desesperanza y también al desamor propio de quien quiere demasiado y no es correspondido.

Ella se fue y me dejó barriendo trocitos de corazón que desordenaron mis pensamientos durante algún tiempo. Aún hoy me tropiezo con algún pedazo superviviente, pero ya no lo miro de igual forma. Ella se fue y me dejó para siempre y yo nunca quise ir a buscarla. No quise porque los libros me enseñaron que el amor no se suplica, no se mendiga, no se exprime como una naranja aunque yo deseaba que ella fuera mi media.

Sigo pensando en ella. Cada día con menos fuerza. Se borraron sus caricias en mi piel, se borraron sus labios, su perfume,  sus manos en mis manos, sus manos en mi pecho, se borraron los recuerdos que nos hacían sonreír, se borro todo menos el vacío que dejó. El vacío que nubla mis ideas cuando me siento sola y la busco en mi cama. Vacío su lado de la cama, vacía la maleta del viaje que íbamos a hacer juntas, vacíos mis planes, vacías mis palabras que ya no expresan nada… vacío, solo queda un vacío que por las noches susurra su nombre.

¿Eres león o eres domador?

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Todos tenemos un león. Sí, un puto león que hay que domar, o no. Un puto león que quiere morder, arañar, que quiere destrozar al domador y ser libre para andar a sus anchas.
El león es instinto y el instinto es fuerza y la fuerza es dañina y el dolor es destructivo pero, a veces,  placentero.
Somos domador y somos león.

¿Es menos libre quién decide domar a la bestia? ¿Es más libre la bestia que decide dar rienda suelta a su libertad y acabar con su presa?
Cuestión de esencia y de momentos.
Todos tenemos una bestia que ansía escapar de la jaula y un domador que sueña con domar a la bestia.
La bestia actúa por estímulo y los estímulos no desaparecen al cerrar los ojos. Lo malo de ser una bestia es que las bestias siempre saben lo que quieren aunque intenten negarlo y, en el fondo, la negación solo les conduce al abismo. No se escapa al deseo.. Nunca.. A no ser que el objeto de deseo no sea león y sea cabra.
Es fácil reprimir un instinto cuando no nos enseñan un estímulo, pero cuando de repente aparece uno y la bestia ruge, solo los valientes son capaces de observar al león en la jaula sin salir corriendo.
Mientras te planteas mil cuestiones acerca de la causa de tu redención, mil corderos pastan a tu alrededor sin cuestionarse su existencia. Es entonces cuando te planteas si tú tambiém debes comer hierba y olvidarte de fieras que solo dejan cicatrices.
Tampoco es tan descabellado. Tú eres de las que pide ensalada en el Mcdonald’s. Tú eres la que evita lo del fastfood mientras otros comen mierda sin parar. ¿No es esto lo mismo? ¿No son las atracciones sexuales evitables? ¿Podemos modificar nuestras preferencias según lo que nos convenga o estamos condenados a ser esclavos de nuestro instinto?
Mientras tanto, en algún lugar de la realidad, un león saluda al público bajo la atenta mirada de su domador…Porque las fieras no lo son tanto cuando se les dice no o cuando se les ofrece cien kilos de hierba y un lugar seguro donde reposar las patas lejos de latigazos que dejan marca.

Nota 1: Sombras

¿No tenéis una libreta donde guardáis las cosas que escribís? Hoy me he dado cuenta de que tengo una gran cantidad de notas guardadas en el Iphone. Algunas tienen varios años y sinceramente, leyendo algunas no recuerdo exactamente quiénes fueron mis musas. Por eso y porque me da pena borrarlas, voy a ir publicándolas en esta nueva sección de Soy del Ambiente a la que he llamado ‘Notas’. ¡Espero que os gusten!

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La gente transitaba por aquel oscuro lugar con linternas en sus ojos, con linternas en sus manos. Con nada. Con nada porque no tenían un rumbo fijo.
Me dio miedo ver a aquellos seres moverse como si yo no existiera, como si no me sintieran. Me dio miedo ser invisible.
No era la primera vez que tenía miedo. Sabía muy bien lo que sucedería después. Cerré los ojos e imaginé que venías a buscarme. Lo llevaba haciendo demasiado tiempo como para desacostumbrarme del olor de tu pelo, ese olor que me había inventado porque desconocía.
No corrí aquel día. Me quedé plantada en ese sitio esperando algo, pero ese algo nunca llegó y por eso sigo aquí, esperando en una esquina cualquiera de un barrio sombrío donde las guitarras solo suenan cuando llueve fuerte para que no se las escuche.

Una historia que se acaba…

1912432_10153992946255473_1078751339_nCorre el año 2009. Miro al espejo con la esperanza de ver asomar a aquella muchacha aventurera de antaño. Sigue aquí. Debajo de todas estas arrugas que cubren mi rostro. Debajo de todos estos recuerdos que mi nieta favorita escribe en este blog.
Me aferro a la vida, pensando que quizás algún día vuelvan a mí esos días joviales en los que recorrí medio mundo en busca de la felicidad, sin darme cuenta de que la llevaba aferrada a la espalda, corriendo detrás de mis largos pasos. Siempre fui una chiquilla inquieta. Siempre robé aire festivo para adornar mi vida con él.
Mis cuatro perros ladran en el jardín mientras Freddie, el más pequeño de mis nietos, juega con su avión teledirigido. Un viento algo frío aún mece las ventanas entreabiertas. El Mar Mediterráneo luce demasiado azul para ser real. Me gusta.
Suena la misma música de siempre. Supongo que todas las vidas tienen una banda sonora y ésta es la mía.
A mi lado estás tú. Igual que durante todos estos años. Te tengo que contar un secreto jamás contado. Hoy te contaré por qué te elegí a ti y no a ella. Escucha…

Todos mis pensamientos giraron alrededor de la idea de volver a encontrarte esa noche. No dormí. Esperé a que el sol apareciera para coger mis cosas y marcharme. Nunca volvería a saber de ella.
Y fue entonces cuando me di cuenta de que todos aquellos momentos que viví a tu lado fueron especiales. Tú y solo tú supiste como hacerme feliz cada mañana, cada tarde y cada noche. Tú me enseñaste a buscarle forma a las nubes, a apreciar el sonido del viento y a correr sin sentido sintiendo la libertad que nos regala nuestro instinto cuando alguien como tú nos coge de la mano.
Cuando te encontré, supe que me habías estado esperando. Me sonreíste y los hoyuelos se te marcaron en esa cara tan bonita que, después de tantos años, me hace estremecer. Alzaste la mano en señal de saludo y desapareciste por una puerta.
Temí que te escaparas…
– George, no te vayas!
– Jamás me iría sin ti.

Allí volvió a comenzar nuestra historia. Esta historia que aún vive y que hace que tus ojos azules brillen cada vez que me despierto. Esta historia, la historia de mi vida junto a ti.

Surcando el Sena…Parte 4

1467481_10152399984028662_242906038_nA la segunda semana de andar por el puente y sus alrededores conocí a George. Tenía el pelo rizado y negro y los ojos de un azul intenso que me recordaba al mar. George guardaba un secreto que tardó en revelar.
Me acostumbré a la vida en su barco. Me gustaba levantarme todas las mañanas y jugar a ser un pirata que surcaba los mares en busca de un gran tesoro. La única diferencia es que el tesoro yo lo tenía en casa. Paseábamos a turistas por el Sena y con el dinero que conseguíamos me compraba vestidos y libros todos los días. Muchas veces tuve la impresión de no estar viviendo algo real.
Nos dimos el primer beso sentados en el puente, junto a una farola que no terminaba de alumbrarnos. Aquello no era más que una ironía del destino pues George, a pesar de iluminar mi vida con cada gesto, vivía en las sombras, pendiente de una inquietud que nacía y moría en su interior cada vez que se despertaba a mi lado.
Sabía que terminaría descubriéndolo . Aquella noche, aquella dulce noche, me contó su historia sin articular palabra. Me contó algo que yo ya sabía desde el primer momento en que acaricié sus manos de mujer. George no era George sino Georgina, pero en aquel mundo de cuerdos locos nadie hubiera comprendido su condición.
Reí. Reí a carcajadas. Y la abracé con tanta fuerza que no la solté hasta que nos sorprendió el día sentadas en la popa de nuestro barco.
Pasaron los meses. Felices meses. Nos divertíamos tirándonos cubos de agua cuando limpiábamos el barco o cenando a escondidas en el césped de algún parque privado de París. Soñábamos con ser princesas de un cuento extraño con morada en algún castillo con forma de humilde apartamento en alguna calle de un barrio aleatorio de un pueblo ficticio.
De alguna manera u otra, había encontrado mi sitio en el mundo con la persona perfecta.

Hasta que apareció ella.

Cruzábamos el Sena con un grupo de turistas ingleses. Yo bailaba de un lado a otro y cantaba para entretenerles. Al pasar por un puente desvié la mirada. En el lado derecho del río una silueta familiar me observaba. Y me cambió la cara.